De eso no se habla. Yo fui igual


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Hay lugares a los que volvés para comprenderte.

Hola,

Hoy es 1 de abril. Mi cuerpo está en Buenos Aires, pero mi corazón sigue en Medellín, donde estuve de visita en marzo.

Y este no fue un viaje cualquiera: coincidió con el aniversario del fallecimiento de mi mamá, con el cumpleaños de mi hermano y la previa de mi cumpleaños 49.
Tres capas de historia en un mismo viaje. Y decidí, por primera vez en mucho tiempo, no esquivar ninguna.


La ciudad que no se nombra

Medellín fue una de las ciudades más violentas del mundo entre los 80 y el 2000. Solo en el centro, estallaron más de 3.000 bombas en ese período. Y hoy, más de 20 años después, se convirtió en una de las ciudades más turísticas de Colombia.

Muchos paisas (como nos llaman a los nacidos en Medellín) evitan el centro todavía. Con ese dato, no es para menos.

Yo, en cambio, nací con el gen a contramano. El centro siempre fue mi lugar: sus parques, su bullicio, los vendedores ambulantes, pero también su historia, sus cafés y sus museos. Algo en mí siempre volvió ahí, incluso ahora, cuando vuelvo de visita.

Esta vez lo recorrí con un guía que me contó lo que los libros de historia suelen acomodar. Y visité el Museo Casa de la Memoria.

Más allá de lo duro, ese museo me demostró algo que no esperaba: que la construcción colectiva entre víctimas y quienes no padecimos la violencia tan de cerca es la que realmente marca la diferencia.

No hay recuperación sin ese nosotros.

Débora Arango: la que dijo lo que nadie se atrevía

Mi artista favorita. La más disruptiva del siglo XX en Colombia y una de las más silenciadas de su tiempo.
Pintó con expresionismo crudo lo que la sociedad prefería no ver: el poder judicial, la Iglesia, la hipocresía moral. Su historia pasó del escándalo y la censura al reconocimiento tardío. Y aun así, nunca cambió su mirada.

Para mí, eso es liderazgo sin permiso e impacto genuino.

Pedro Nel Gómez: las mujeres que sostienen el mundo

Profesor de Débora Arango y muralista que dejó grabada en las paredes de Medellín la historia que el poder nunca quiso contar. En su mural sobre el desarrollo de Antioquia, retrató a las mujeres que asumieron las fábricas textiles y a las que lavaban oro en el río —con cuerpos robustos y manos grandes— para dignificar lo que era invisible. No para romantizarlas: para dejar claro quienes sostuvieron las familias ese tiempo.

Ver esas manos pintadas me hizo pensar en cuántos equipos tienen personas así: las que sostienen la operación sin figurar. ¿Las estás viendo?

La Marquesa de Yolombó y la sangre que no sabía que tenía

Esta novela de Tomás Carrasquilla narra a Bárbara Caballero y Alzate, una mujer real del siglo XVIII que desafió las normas de su época al involucrarse en la minería de oro y cuestionar la dominación masculina. Una marquesa que eligió gobernar su propia historia.

Llegué a ella por casualidad. O por esas cosas que no son casualidad.

Recién ahora descubrí que los orígenes de mi familia paterna están en Yolombó. No llegué a ir en este viaje. Pero voy a ir, porque de ahí vengo. Y de ahí seré siempre.

Mi corazón esté dividido entre Argentina y Colombia, dos países que habité por igual. Pero mi sangre colombiana late más fuerte que nunca cuando vuelvo a recordar de dónde vengo. Linda o fea, esa historia es mía también.

Lo que me llevo (y lo que te dejo)

Recordar la historia incómoda no te hunde: te guía. Los equipos que no miran su historia repiten sus errores.

Débora Arango no esperó permiso para decir lo que pensaba. El liderazgo real tampoco espera.

La construcción colectiva —entre quienes vivieron el caos y quienes llegaron después— es lo que sostiene cualquier transformación real.

¿Qué historia de tu equipo o proyecto estás evitando mirar de frente? ¿Y qué pasaría si, en vez de rodearla, la recorrieras con guía

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Bitácora MAPA™ Mi aporte mensual para sumar claridad, estrategia e inspiración para acompañarte a impulsar tu expansión. Volver al centro, aunque todo gire Amo los veranos en Buenos Aires: caminar sus calles, plazas y rincones. Amo su ruido y también su silencio. Uno de mis refugios favoritos es la Biblioteca Nacional: no solo por su arquitectura brutalista e historia, sino porque ahí la pausa todavía existe. Café Biblioteca Nacional de Buenos Aires El sábado pasado, mientras armaba el boceto...